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¿Llegará algún albaceteño a ser inmortal?

El secreto de la longevidad: ¿Podemos alargar la vida?

Desde hace siglos el límite de la vida ha sido un miedo persistente en la humanidad. Un hecho evidente que ha recibido múltiples interpretaciones por parte de religiones, creencias populares y filósofos de todo el globo.

Considerada la muerte uno de los grandes problemas de todo hombre, algunos valientes librepensadores se han aventurado a buscarle una solución. Platón en la Grecia Clásica ya postulaba una inmortalidad del alma (a nivel ideal, más allá del cuerpo) pero no evitaba al ser humano enfrentarse cara a cara con su temor. El miedo a la muerte siguió y quizás fue el motivo para ensalzar todo lo que se podía conseguir antes de llegar a este irremediable final (“hay vida antes de la muerte”). La historia del pensamiento repasaría muchos conceptos, pero no sería hasta la época europea de la alquimia que se volvería a buscar la inmortalidad. Los alquimistas de la baja Edad Media se tomaron en serio el reto de alargar la vida, de evitar la muerte como tránsito a cualquier cambio de conciencia, y se pusieron a trabajar en la Piedra Filosofal. Nada más lejos que una respuesta empírica que da lugar a algo tan metafísico como la vida eterna. El hombre empezaba en este punto a obcecarse con encontrar algo en la naturaleza, cualquier causa tangible capaz de solventarle el problema más grande de su existencia (el fin de tal). La Piedra Filosofal no llegó nunca a aparecer con la función de elixir de la eterna juventud, pero si es cierto que en la actualidad se desarrollan técnicas asociadas a otras propiedades que se le atribuyen al Santo Grial Alquimista.

Y desde que se prendió la mecha la Humanidad no ha dejado descansar este tema. Descartes, quien pasó sin destacar considerablemente por las ciencias de la vida, estaba totalmente convencido de que conseguiría ser inmortal. Atribuía tal seguridad a sus avances en el estudio anatómico de algunos órganos humanos. Tomó el testigo alquimista pero siguiendo otra senda. Ya no había que ir tan lejos para encontrar la respuesta a nuestra vida finita, el secreto estaba dentro de nosotros. Bastaba con mirar a nuestras entrañas para saber que había que “arreglar”. Hasta nuestros días, son muchos los que han dedicado parte de su tiempo finito a buscar algo que nos llevara a hacerlo infinito. A la vista está que los resultados no han sido del todo satisfactorios y cada vez somos bombardeados con más noticias oportunistas, pero ¿Estamos realmente cerca de solucionar este problema? Y lo más enigmático ¿Tiene éste problema solución alguna?

La esperanza de vida es el período medio que se estima que vive una especie en un momento determinado. El hecho de que en algunas especies pueda variar considerablemente (hasta el punto de triplicarse en pocos cientos de años) nos lleva a pensar que no hay un mecanismo que se accione en un momento exacto provocando la interrupción de las funciones vitales. La fisiología no es la misma con la gradación temporal y es el principal indicador de que el proceso de la vida está coordinado y regulado por un sistema continuo, con actividad en todo momento.

Atendiendo a qué es lo que sucede en un organismo con el paso de los años nos vemos obligados a pensar en sus unidades de vida más simples: las células. Cada célula tiene un ciclo definido en varias fases y normalmente con un tiempo bien definido. Esto significa que las células que forman parte de cada uno de nuestros órganos o tejidos tiene una  duración limitada y deben ser reemplazadas. Así una célula programada genéticamente para hacer una función la llevará a cabo durante todo su ciclo (salvo puntualmente en la división) o bien solo cuando sea necesaria. En un momento determinado que puede ser espontáneo o inducido la célula empezará a prepararse para dividirse. Primero doblará todo su contenido de forma ordenada, algunas biomoléculas primordiales seguidas del material genético y por último la división o la muerte celular. La división (que puede ser mitótica o meiótica) es el proceso por el cual se forman a partir de una célula progenitora dos células hijas que contienen la totalidad o la mitad de la cantidad de material genético heredado respectivamente. La alternativa es la muerte celular que puede ser programada (apoptosis) o accidental (inducida). La única pega que tiene el proceso de división es que éste no es una sucesión infinita, es decir, una célula no puede dividirse hasta siempre porque tiene un límite. Los límites de las divisiones celulares son variables, sabemos que en laboratorio una célula puede llegar hasta 60 divisiones aunque le pase factura. También puede inmortalizarse esta célula y superar el número máximo de divisiones, pero lo hace a un ritmo muy descontrolado y presentando aberraciones de metabolismo y crecimiento. Son las células cancerígenas o tumorales.

Volviendo a la referencia del límite de divisiones, de la primera célula progenitora (ya diferenciada) hasta la última célula de la misma línea no se guarda una similitud perfecta. El material genético cambia durante todo el ciclo, se pueden acumular mutaciones o repartos equivocados entre las células hijas, que acaban produciendo diferencias fenotípicas a lo largo de la sucesión. Uno de estos cambios es la longitud de los extremos de los cromosomas, los telómeros. Cada cromosoma (continente del material genético durante la división) es copiado con más o menos fidelidad para ser heredado. Cuando el proceso de copia llega a los extremos no hay una terminación exacta ni eficaz, de manera que cada vez se va copiando menos cromosoma con la consiguiente pérdida de información genética. El fenómeno es progresivo y por ello ha sido constatado como un marcador de la edad biológica.

La enzima que se encarga de copiar los telómeros se denomina telomerasa. Se ha estudiado mucho acerca de ella y hace algo más de un año fue utilizada en un ensayo clínico para probar su papel. En un estudio con roedores donde se utilizó una sobreexpresión de la enzima telomerasa se encontraron unos resultados curiosos. Resulta que, como es lógico, al añadir más telomerasa conseguimos replicar un mayor número de genes y se conservan más los extremos cromosómicos. Esta acción permitió aumentar a los roedores más de un 20%  su longevidad. Se probó en roedores de mayor edad y aunque prorrogó igualmente su vida no lo hizo con tanta eficacia como la probada en los individuos más jóvenes. ¿Podemos ajustar la acción de esta enzima para alargarnos la vida al infinito? La respuesta es no. Aclarando que la acción de esta enzima en casos descontrolados puede provocar una tumoración severa (descontrolando los ciclos de algunos tipos celulares) la vida tiene un límite físico que no tiende a infinito.

Existen muchos motivos por los cuáles sabemos a nivel teórico que la inmortalidad no es posible. El primero de ellos es la oxidación. Cada bocanada de aire que damos es una menos que tenemos que dar. El mismo aire que necesitamos para vivir nos oxida. El efecto que produce el oxígeno inhalado es la liberación de radicales libres, productos del metabolismo que son muy inestables químicamente y pueden dañar nuestros genes. Aunque esta condición está reñida con nuestra supervivencia como individuos humanos, ya que no todos los organismos son aeróbicos, sí que hay otro inconveniente universal.

El ratio de mutación es un arma de doble filo.  Cada individuo nace con una dotación genética determinada que varía a través de las sucesivas mutaciones que se producen en cada división celular. El ratio mutacional es el número de mutaciones por unidad y ésta unidad pueden ser de tiempo o divisiones. Si éste fuera de 0 nos mantendríamos inmutables genéticamente, no habría diferencias entre las líneas celulares de un feto y de un anciano. Este hecho negaría en gran parte la evolución, perderíamos nuestra capacidad para adaptarnos y seríamos susceptibles a ser exterminados bajo cualquier minucioso cambio en nuestro entorno. Como en la realidad no es de esa manera, tenemos un ratio mutacional mayor que cero que nos obliga a acumular un número de variaciones que pueden provocar alteraciones. Una de los desórdenes más comunes es la autoinmunidad. Nuestro propio sistema immune realiza una purga donde puede llegar a reconocer como elementos extraños a células de nuestro organismo altamente mutadas. Es un sistema de autofagia, el pez que se muerde la cola, donde acabamos con nuestros propios elementos.

A estas mutaciones propias hay que sumarle el efecto de la epigenética, los cambios genéticos que produce el entorno, son responsables de los efectos del envejecimiento de los huesos y las fibras de colágeno cutáneas.

Pero tal vez el motivo teórico que nos aleja de la inmortalidad que se ha conocido con más anterioridad sea la Ley de Hayflick. El desequilibrio entre las divisiones y la muerte celular marca la diferencia entre juventud y vejez. Esta ley nos dicta que las células deben dividirse a un ritmo superior que el de células que mueren para poder mantener el organismo en un estado neutral (aunque en casos de divisiones descontroladas también se acorta la vida). Conforme nuestra edad avanza este ritmo se va perdiendo o va decreciendo de manera que no garantiza esa neutralidad de la misma manera que en edades menos avanzadas.

Aunque ya hemos visto que la inmortalidad es algo imposible para nosotros sí que hay un caso curioso, digno de analizar. La medusa Turritopsis nutricola puede envejecer y revertir este proceso. Después de nacer llegará a alcanzar la madurez sexual, a partir de ésta puede volver a su estado de pólipo (sexualmente inmaduro). Así la medusa puede envejecer y rejuvenecerse en una serie de ciclos que por el momento consideramos potencialmente infinitos. Sería algo así como poner del derecho y del revés el curioso caso de Benjamin Button sin parar.

Después de despejar nuestras dudas sobre si la inmortalidad es posible nos cambia el panorama. Nos surgen cada vez más preguntas, igual o más importantes que las que encabezaron el artículo. ¿Hasta dónde se puede prorrogar la longevidad humana? Aunque cálculos teóricos afirman que hasta los 120 años (aproximadamente) la respuesta a esta pregunta es nuevamente otra incógnita. ¿En qué estado de físico y de salud esperamos llegar a nuestros límites de máxima longevidad? ¿Tendemos a mirar más por la cantidad que por la calidad? ¿Es alargar la esperanza de vida uno de nuestros principales retos o lo es mejorar nuestra forma de vida hasta llegar a la vejez?

Dicen que lo mejor de los retos científicos es que cuando consigues descifrarlos no los has descifrado todavía. Ya tenemos una respuesta contundente a nuestras dudas sobre la eterna longevidad, pero se nos avecinan tantas nuevas por responder igual de intrigantes.

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